Cuento inspirado en una idea de un alumno y amigo, Bruno.

Hace muchos, muchos años, existía un poblado Íbero que vivía al norte de un gran río llamado el Ebro, la vida del poblado transcurría alrededor del gran caudal del Ebro, les permitía transportar y comerciar con otras tribus, les alimentaba con su pesca, y marcaba las estaciones. Los Íberos vivían en sus poblados de casa redondas con el hogar en el centro, alrededor del cual se sentaban las familias todas las noches a cenar, descansar y contar historias. Los Íberos veneraban a la madre tierra que era sabia, que los alimentaba y les daba un hogar donde vivir. Todo Íbero, mujer u hombre sentía esa conexión con la tierra y la naturaleza, todos ellos sabían quiénes eran y cuán era su papel en el orden natural de las cosas.

Así era como había sido siempre y así era como se mantenían las tradiciones.

Las ciudades estaban amuralladas, pues la vida no era fácil, depredadores querían robar siempre sus reservas de comida, y a veces también había que protegerse de ataques de otras tribus. Hasta que un día, corría el año 218 a.C., sus murallas no fueron suficientes, los atacantes vinieron por miles, al mando de un tal Cneo Escipión, y el ataque fue despiadado, nada que ver con las batallas mantenidas hasta ahora, las armas y la superioridad del nuevo enemigo no les dio tregua. Muchos murieron, muchos fueron llevados como “trabajadores” a minas del sur de la península, y…todos los supervivientes hubieron de adaptarse a una nueva forma de vida, unas nuevas leyes, unas nuevas costumbres, unos costosísimos tributos.

– Qué alguien les de zapatos a estos pobres prehistóricos por el amor al gran Zeus, que la civilización llegue a estos salvajes – gritó el general Escipión.

A partir de este momento, los íberos se encontraron perdidos, sin raíces, sin costumbres, sin saber cuál era su papel en esta vida. A partir de aquel momento fue cuando por primera vez surgió una pregunta en sus mentes “¿qué significado tiene nuestra vida?”, hasta ese momento siempre habían sabido qué debían hacer y cómo, todo íbero, mujer u hombre sabía cuál era su lugar en la tierra, pero el nuevo orden estaba alejado de las leyes de la naturaleza, y regido por unas leyes humanas extrañas.

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Había una vez hace mucho, mucho tiempo, un poblado Maya que habitaba las lejanas tierras del Yucatán. En este poblado los muchachos y muchachas nacían y se criaban al amparo del poblado y sus familias, trabajaban los campos, cultivaban maíz, cazaban, construían grandes templos para elogiar a sus dioses, eran respetuosos con sus leyes ancestrales y poseían una escritura que les permitía guardar su historia, unas matemáticas y una astronomía prodigiosas que les permitían predecir los cambios de las estaciones y el clima. En este poblado, con sus más y sus menos, con sus roces entre vecinos, con sus épocas de hambruna, pero también con sus momentos de celebración y prosperidad, la gente vivía en plena conexión con la naturaleza, con la gran madre tierra y con ellos mismos. Todo hombre y mujer Maya del Yucatán sabían perfectamente cuál era su papel en esta vida, en ningún momento tuvieron la necesidad de preguntarse qué debían hacer en la vida, cuál era su misión, cuál su aprendizaje, sencillamente lo sabían, porque nunca se separaron de ellos mismos.

Un buen día allá por el año 1527, Don Francisco de Montejo y su hijo “el mozo” atacaron y sometieron a la población Maya a un exterminio jamás conocido por ellos, muchos murieron, muchos fueron esclavizados, muchos se opusieron en rebeldía, y finalmente también murieron y los pocos que se salvaron tuvieron que aceptar un nuevo orden de vida.

– Mira papá, qué salvajes y bárbaros son estos pueblos, ni zapatos llevan, andan con unas simples pieles lastimándose los pies. ¡Qué atrasados son!! – dijo “el mozo” a su padre.

– Son pueblos abandonados de la mano de Dios, – contestó su padre Don Francisco de Montenejo – pero aquí hemos llegado nosotros y es nuestra misión evangelizadora el enseñar a estos paganos la vida civilizada. Nosotros les pondremos zapatos de suela bien ancha y les enseñaremos a caminar con ellos.

A partir de ese día los Mayas empezaron a preguntarse cuál era su papel en la tierra, qué debían hacer con sus vidas, empezaron a perder el contacto con la madre naturaleza y con ellos mismos.

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Había una vez hace mucho, mucho tiempo, un poblado que habitaba las costas de Guinea, sus gentes, los bantúes,  vivían cerca del mar, labraban la tierra y entendían perfectamente la naturaleza animada de todas las cosas, los bantúes saben o sabían que todo aquello que existe posee un ánima, y como tal es merecedor de respeto y reverencia. Los bantúes vivían de la tierra y de la pesca, con sus guerras internas por el dominio de la tierra, los bantúes vivían momentos de dolor, pero también momentos de gozo.

Hasta que un día, allá por el  1441  , llegó un barco, con gente sin color en la piel, que hablaban extraño y con los que no podían entenderse, uno de ellos, un tal Antaö Gonçalvez, hizo algo inaudito, compró uno de los  prisionero de guerra que tenían encerrados, pagó por él y se lo llevó en su barco. Al poco tiempo vinieron más y más barcos de gente sin color, pero esta vez no se llevaron solo prisioneros, atacaron poblados con armas que gritaban y lanzaban fuego y se llevaron miles y miles de personas, unos a trabajar en el cultivo del azúcar a las islas de Sao Tomé, otros fueron llevados mucho, mucho más lejos. Muchos murieron en los viajes y no llegaron a ningún sitio, y todos los que sobrevivieron empezaron por primera vez a preguntarse qué sería de ellos, dónde los llevaban, qué harían con ellos y cómo serían sus vidas. Al llegar a tierra les dieron dos cosas, cadenas para que no escaparan y “zapatos” para que trabajaran.

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Hubo una vez, hace muy poquito tiempo, apenas unos pocos años, había un niño que jugaba descalzo por la montaña, trepaba a los árboles, se fabricaba cabañas con ramas y hojas y jugaba a cazar con un tirachinas fabricado por él mismo.

– ¡Bruno!!! ¡Ven a comer!!! Lo llamó su madre y al verlo sin zapatos le dijo – ¡Pero hombre!! Otra vez sin zapatos, vas a hacerte daño en los pies, ponte enseguida los zapatos.

– Como te vuelva a ver sin zapatos te los pego a los pies –  dijo su padre que estaba harto de tener que repetirle siempre lo mismo a su hijo.

Bruno fue a su habitación y se puso los zapatos, porque no quería hacer enfadar a sus padres, pero ese día Bruno decidió algo: Cuando fuera mayor crearía su propio club y lo llamaría “La liga de los descalzos” y solo aquellos que no llevaran zapatos podrían entrar en ella.

Apúntate este año nuevo que empieza a la liga de los descalzos, vuelve a reconectarte con tus raíces!!!!!!

 

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